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LA JAULA DE FARADAY

Juan Carlos Onetti
Juan Carlos Onetti
© Cortesía Forzada


Por: CortesíaForzada
La literatura tiene a su disposición muy variadas formas de negociar con la realidad, hacerle frente, deformarla o desbordarla hasta en sus más improbables cauces y causas. En este tranzar, a veces con acepción portuguesa, ha sido materia casi obligada hacerlo frente a la censura, las torturas, las desapariciones y las dictaduras que se empeñan en anegar el planeta. Nuestra lengua castellana ha sido testigo cómplice de algunas de las formas más elevadas con que una literatura fuera de sí ha advertido los totalitarismos. De ella podemos, por lo caro al relato que presentamos, tomar el caso de ambas orillas del Río de la Plata y recordar la leve "Segunda Vez", de Julio Cortázar, los encriptados códigos en "Respiración artificial", de Ricardo Piglia o el  acaso menos famoso, pero deslumbrante epistolario pluridimensional que se retuerce en "La fragata de las máscaras", de Tomás de Mattos. Quien nos lee recordará que abundan otros casos en que las dictaduras del Cono Sur pasaron, con mayor o menor prudencia, por la quilla de la ficción y sus aguas turbulentas. Ya habrá espacio para aquellas.
En esta ocasión, CortesíaForzada  propone a sus lectores una revisión desde la otra orilla del océano y los abandona ante "La jaula de Faraday", del español Oscar Sipán (1974). Este cuento, y el exquisito libro que lo contiene Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas, finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, 2014, corroboran las palabras de Francesco Spinoglio <<Si Raymond Carver hubiese nacido en España, se hubiera llamado Oscar Sipán>>. Onetti y Nelson Marra habrían suscrito.

LA JAULA DE FARADAY


Un literato es, en pocas palabras, un inútil
para cualquier actividad seria, un sujeto
propenso al ensueño y la especulación, que no
sólo no es útil, sino rebelde para con el Estado.
Thomas Mann, Sobre mí mismo
Los escritores no sirven para nada,
excepto para darle sentido a las cosas.
Ramón Eder, Ironías.
Montevideo, 25 de enero de 1974

Sé que cuando pienses en mí acudirá a tu mente la imagen de <<ese cobarde de Juan Carlos Onetti, ese pobre seductor caduco con anteojos, la piel manchada de vejez y la corbata torcida, que te ha comunicado, fumando compulsivamente, antes de unirse al resto del jurado, que tu cuento era el mejor de los 352 presentados, sin discusión, pero que, por motivos extraliterarios, no podía ganar>>. No te servirá de nada, te sonará a excusa barata, pero te he visto medio vivo, sujeto con alambres a una silla, la boca seca de gritar, la sangre coagulada en los labios, los párpados vueltos del revés y los testículos aplastados con una maza, entre convulsiones y desmayos, en una agonía controlada por un hombre siniestro, con aspecto de jesuita, que te susurra al oído: <<Bienvenido al Taj-Mahal del dolor>>. Un hombre que asegura que tu final será una larga confesión, que su oficio consiste en alargar la vida hasta más allá de la muerte y que es capaz de extraer, en un grito condensado, tu compromiso político, tu alma y tus altos ideales. Y todo ese calvario por escribir un cuento de veinte miserables holandesas y por no querer revelar los nombres de los terroristas que te lo dictaron, nombres a los que no tienes acceso porque no existen. Tú no lo sabes, pero el represor desconfía siempre de la belleza y fundamenta su miedo en teorías disparatadas: mil monos comunistas tecleando en mil máquinas de escribir pueden provocar una revolución. El represor oye cantar a un ruiseñor y saca los tanques a la calle. Y por eso meterán tu cabeza en un tonel de agua helada, varios minutos, largos minutos, rescatándote en el límite de la asfixia, la luz al final del túnel y los pulmones encharcados, para redactar tu certificado de defunción, lo firmarán delante de ti y lo leerán en voz alta: Nelson Marra, de 31 años, profesor universitario de literatura, autor de El guardaespaldas, con seudónimo conocido de Mr. Curtis, acusado de asistencia a los subversivos y fallecido por causas naturales. Te lo mostrarán varias veces antes de ponerte una bolsa de plástico en la cabeza, antes de atraparte la lengua con unas pinzas de batería, de dibujar el mapa de tus músculos con un punzón o de arrancarte las uñas con una tenaza. Y deberás recurrir a la mentira para intentar comprar tiempo. Pero la mentira es una aduana con aranceles y no existe dato que una navaja de afeitar no pueda comprobar. Así que te encerrarán durante años en una habitación, entre la sarna, las infecciones y el asco, ulcerado pero nunca vencido, alimentándote de recuerdos y de sobras, la memoria como única compañera, la memoria es un corcho en el que vamos clavando caras y penas, labios de carmín y amores imposibles. Y aun así sobrevivirás, porque dejaste que la esperanza se colase entre las rendijas de tu cautiverio. Sobrevivirás a los maricas de uniforme disfrazados de machos que se intentarán colar en tus noches. Sobrevivirás para contemplar nuevos amaneceres y para tener hijos. Hasta que una madrugada te arrojarán, con los ojos vendados, desde un coche en marcha en los suburbios de una ciudad, con tu juventud velada como un carrete de fotos y una cojera crónica. Recuperarás tu libertad en un país sin libertad, un país que ya no reconocerás, y, como el que entra en un cine con la película empezada, tendrás que tomar una decisión: cruzar el charco y cambiar las ventosas calles de Montevideo por un exilio de auroras boreales, las caras conocidas por las de extraños, muy rubios, muy altos, al otro lado del mundo, hombres y mujeres de cariño dormido y conversación escasa, el paraíso de las razas arias que soñó Hitler. Nunca lo sabrás, pero este viejo cobarde acaba de regalarte la posibilidad de conocer a una mujer en un baile, una de esas mujeres que se apartan el pelo con naturalidad antes de sonreír, de seducirla, de disfrutar de ese momento mágico de quitarle el sostén, los pechos blancos vibrando al enfrentarse a la gravedad y a tu deseo, los cuerpos entrelazados en la orilla, a la vista de todos y de nadie, profanando la rutina de las olas. Quiero que sepas que, egoístamente, también lo hecho por mí. Puedo soportar un leve interrogatorio, pero no la abstinencia de un encierro. Y sin mi dosis diaria de alcohol sufriré una crisis nerviosa o me volveré loco. Aunque no se atreverán a retenerme mucho tiempo. Le tienen demasiado miedo a mi ángel de la guarda: la opinión pública. Aun así, me he visto exiliado en una cama de Madrid, el exilio convierte los días en domingo por la tarde, extrañando Montevideo como se extraña a una amante, el ambiente de los cafés, el olor de las madrugadas, la luz de los hoteles dudosos, lejos de los teatros y de la tranquilidad de los prostíbulos de la que hablaba Faulkner, lejos de medias que caen sin ruido en habitaciones de sirvienta, las sirvientas son evangelios de carne y hueso, escuchando a Tchaikovski, a Gardel y a Dolly transcribiendo a máquina manuscritos de tinta desleída, mi dulce Dolly, la mujer que más he amado, el único nexo con el mundo exterior ahora que todos están muertos o muriendo, ahora que en los espejos se huele la traición, en los espejos duerme la niñez y no existe nada más doloroso que asomarse a tu pasado, discutiendo sobre el sexo de los ángeles con Benedetti y leyendo novelas policiales y a Barjoa, todos los inviernos, declinando homenajes y entrevistas, durmiendo de día, con la pegajosa sombra del Nobel, esa llamada de Suecia que te inyecta inmortalidad en las venas, y escribiendo de no che, con el codo dolorido, media pastilla de Metedrina y una botella de vino aguado, un testamento literario antes de mudar la carne. ¿Cómo explicarte el dilema moral de no premiar al que lo merece, la súplica, por parte de la dirección, de elegir el cuento más inocente, más liviano, que acompañe la imagen de Salvador Allende en portada y un artículo acusador, rotundo, un puñetazo sobre las conciencias, que puede provocar la retirada de la edición o, incluso, el cierre del semanario que convoca este concurso? Tu cuento sería el detonante para volar todo por los aires. No ha quedado otra opción que premiar La jaula de Faranday, de Agnese Martingy, la historia de desamor del ascensorista, entre la segunda y la tercera planta, de la torre Eiffel. Un cuento azucarado sobre el destino con una frase para recordar <<Vivimos en soledad con destellos de compañía>>. Agnese Martingy, uruguaya de origen francés, es una de esas mujeres entusiastas, de sombrero y maquillaje llamativo, que caminan, irremediablemente, hacia la locura y que terminan saltando desde la cornisa de los edificios. Deberías encauzar toda esa cólera que ahora sientes hacia mí en tareas más nobles y beneficiosas. Primero vive y luego escribe, sin esperanza y sin desesperación, como decía Isak Dinesen. Escribes sin descanso, la inspiración es la excusa que ponen los que no tienen nada que decir. Literaturiza tus recuerdos, tus miserias y las de los que te rodean, ládrale a la vida, emociona. Mata al padre y desviste los cuentos hasta que no se les note la ficción. Pero no te cases: el matrimonio es una fosa que se cava entre dos, un invento de la Iglesia Católica para tener su propio infierno en la tierra. Espero que nuestro desencuentro sea como las picaduras de ortiga, que dejan una comezón en la piel y luego desaparecen. Y que algún día volvamos a vernos, en el humo de un club de jazz, con esa complicidad de los pecadores y un vaso de whisky entre las manos. Mientras tanto, admira la estampa triunfal de Agnese Martigny avanzando con sus tacones de aguja hacia el escenario, sonriendo como una Miss Mundo acodada en la baranda de un club de golf. Y no me odies.
Escritor español Oscar Sipan
Oscar Sipán
© Cortesía Forzada

Montevideo, 9 de febrero de 1974
<<Sigue siendo la muchacha espigada y dulce que conocí en Buenos Aires, caminando por Reconquista hacia Lavalle, con la funda de un violín bajo el brazo y una carpeta con partituras>>, piensa Juan Carlos Onetti al contemplar a Dolly, de espaldas, la luz matinal dibujando su silueta y la de una gaviota posada en el alféizar, el cabello recogido en un moño, el violín apoyado contra el hombro izquierdo y el arco en tensión, a punto de extraer las primeras notas de los Caprichos de Niccolò Paganini. Tumbado en la cama, con los ojos entornados, fetales, Onetti administra el aliento, enciende un cigarrillo y, dejándose llevar por la música, expulsa una bocanada de humo al cielo raso del techo. Acaba de regresar a la niebla densa de Santamaría, una ciudad de culpables melancólicos, su vida al otro lado de lo que llaman realidad. La música de Dolly carece de ángulos y se sostiene por puro virtuosismo. Se entrega al instrumento como un pelícano alimentando a sus crías con su propia carne. Se casó con ella cuando aún era menor de edad y nunca, ni en la peor de las crisis, se ha arrepentido de ello. Cuatro matrimonios y mucha soledad en compañía para llegar hasta Dolly. De repente, la gaviota levanta el vuelo, en un mensaje agorero que no tarda en confirmarse: media docena de hombres vestidos de civil tiran la puerta abajo y los encañonan con sus armas reglamentarias. Los militares reflejados en las pupilas cansadas de Juan Carlos Onetti y un pensamiento << No sirve de nada, el represor desconfía siempre de la belleza>>.
* * * * *
Se cumplen 30 años de la liberación del escritor uruguayo Nelson Marra, torturado y encarcelado desde el 9 de febrero de 1974 hasta el 9 de febrero de 1978, por ganar el concurso de cuentos que patrocinaba el semanario Marcha con <<El guardaespaldas>>, la radiografía de un prototipo de torturador de la policía política de los países del Cono Sur de América. Tras su reclusión, Marra se exilió a Suecia y luego a Madrid, donde falleció el 3 de diciembre de 2007. Juan Carlos Onetti fue liberado el 14 de mayo de 1974 y se exilió a España.
Este cuento pretende ser un homenaje.

Las siguientes imágenes, pertenecientes al archivo digital de la Biblioteca Nacional de Uruguay, corresponden al cuento "El guardaespaldas", de Nelson Marra, publicado en en el número 1671 del semanario Marcha el 8 de febrero de 1974. Casi de inmediato fueron detenidos Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein, Hugo Alfaro y el propio Nelson Marra. 5 ediciones después, el semanario sería clausurado el 22 de noviembre de mismo año por la dictadura de Juan María Bordaberry.