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Deslizarse hacia la nada: Maqroll el Gaviero


Colombian writer Álvaro Mutis
Álvaro Mutis
©  Cortesía Forzada


La carta ha sido, quizás, una de las instancias mejor logradas dentro de la literatura moderna. Ya Bajtín señalaba la capital importancia de la correspondencia interna en la ficción de Dostoievksi. Y si hubiese que tejer una genealogía, acaso un torpe salón de la fama, muchos apuntarían al Werther, de Goethe, a las Cartas desde Dinamarca, de Karen Blixen, a la Carta de una desconocida, de Stephan Zweig o a Poniatowska y Svevo. CortesíaForzada invita a sus lectores a remontar el Xurandó, junto a Maqroll el Gaviero y su nostalgia remota de Flor Estévez, en la suave pluma de Álvaro Mutis y La nieve del almirante, novela que le valió el clamor de la crítica y buena parte del renombre del Gaviero.

Por Álvaro Mutis
Junio 21
Flor señora: Si los caminos de Dios son insondables, no lo son menos los que yo me encargo de transitar en esta tierra. Aquí estoy, a pocas horas de llegar a las famosas factorías de las que nos habló el chofer que pasaba con ganado del Llano, y no sé sobre ellas mucho más de lo que nos contó esa noche de confidencias y ron, allá, en La nieve del almirante, que, dicho sea de paso, es donde quisiera estar, y no aquí. En efecto, tengo muchas razones para creer que la cosa parará en nada, según las noticias bastante vagas que he venido recibiendo mientras subo el Xurandó; que es un río con más caprichos, resabios y humores encontrados que los que usted saca a relucir cuando el páramo se cierra y llueve todo el día y toda la noche y hasta las cobijas parecen empapadas. La otra noche soñé con usted, y no es cosa que le cuente de qué se trataba, porque tendría que ponerla en antecedentes sobre algunos personajes del sueño que le son desconocidos, y eso daría para muchas páginas. Aquí estoy escribiendo, cuando puedo y en hojas de la más varia calidad y origen, un diario en donde registro todo, desde mis sueños hasta los percances del camino, desde el carácter y figura de quienes viajan conmigo hasta el paisaje que desfila ante nosotros mientras subimos. Pero, volviendo al sueño, es bueno que le adelante que en él, o, mejor, a través de él he llegado a darme cuenta de la importancia cada día más grande que usted tiene en mi vida y la forma como su cuerpo y su genio, no siempre manso, presiden los accidentes de aquella y la ruina en que ésta suele refugiarse cuando estoy harto de andanzas y sorpresas. Claro que a estas horas, esto no debe ser ninguna novedad para usted. Conozco sus talentos de adivina y de hermética pitonisa. Por eso, ni siquiera me demoro en relatarle en detalle cómo me hace falta, en esta hamaca, sentir el desorden de su cuerpo y oírla bramar en el amor como si se la estuviera tragando un remolino. Esas no son cosas que deban escribirse, no solamente porque nada se adelanta con eso, sino porque, ya en el recuerdo, adolecen de no sé qué rigidez y sufren cambios tan notables que no vale la pena registrarlas en palabras. Ignoro cómo se presentarán aquí las cosas. Lo cierto es que tengo la cordillera en frente y me llegan sus aromas y murmullos. No hago sino pensar en esos lugares en donde, ahora he conseguido verlo claro, definitivamente está mi lugar en la tierra. Su dinero sigue aquí guardado y me sospecho que regresará intacto, que es lo que, en verdad, deseo. He pensado en contarle un poco cómo es la selva y quién vive por estos lugares, pero creo que mejor podrá enterarse de ello en mi diario, si logro llegar con él intacto y con su autor en iguales condiciones. Dos veces he visto la muerte, cada una con rostro distinto y diciéndome sus ensalmos, tan a mi lado que no creí regresar. Lo raro es que esta experiencia en nada me ha cambiado, y sólo sirvió para caer en la cuenta de que, desde siempre, esa señora ha estado vigilándome y contando mis pasos. El Capitán, sobre el cual espero que hablemos largamente en breve, me dijo que, sin importar que un día muera, como es predecible, mientras esté vivo soy inmortal. Bueno, la cosa no es bien así. Él la dijo mejor, desde luego, pero en el fondo esa es la idea. Lo que me llama más la atención es que yo había pensado ya en eso, pero aplicado usted. Porque creo que, desde La nieve del almirante, usted ha ido tejiendo construyendo, levantado todo el paisaje que la rodea. Muchas veces he tenido la certeza de que usted llama a la niebla, usted la espanta, usted teje los líquenes gigantes que cuelgan de los cámbulos y usted rige el curso de las cascadas que parecen brotar del fondo de las rocas y caen entre helechos y musgos de los más sorprendentes colores: desde el cobrizo intenso hasta ese verde tierno que parece proyectar su propia luz. Como ha sido tan poco lo que hemos hablado, a pesar del tiempo que llevamos juntos, estas cosas tal vez le parezcan una novedad, cuando, en realidad, fueron las que me decidieron a permanecer en su tienda con el pretexto de curarme la pierna. Por cierto que una parte de ésta ha quedado insensible, aunque puedo usarla normalmente para caminar. No tengo mucho talento para escribir a alguien que, como usted, llevo tan adentro y dispone con tanto poder hasta de los más escondidos rincones y repliegues de este Gaviero que, de haberla encontrado mucho antes en la vida, no habría rodado tanto, ni visto tanta tierra con tan poco provecho como escasa enseñanza. Más se aprende al lado de una mujer de sus cualidades, que trasegando caminos y liándose con las gentes cuyo trato sólo deja la triste secuela de su desorden y las pequeñas miserias de su ambición, medida de su risible codicia. Pues el motivo de estas líneas ha sido, únicamente, hablarle un rato para descansar mi ansiedad y alimentar mi esperanza, hasta aquí llego y le digo hasta pronto, cuando de nuevo nos reunamos en La nieve del almirante y tomemos café en el corredor de enfrente, viendo venir la niebla y oyendo los camiones que suben forzando sus motores y cuyo dueño podremos identificar por la forma como cambia las marchas. No es todo lo que quería decirle. Ni siquiera he comenzado. Lo cual, desde luego, no importa. Con usted no es necesario decir las cosas porque ya las sabe desde antes, desde siempre. Muchos besos y toda la nostalgia de quien la extraña mucho. [1]



[1] Tomado de La nieve del almirante  (1986)


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