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Quirúrgico Rey Rosa

Escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa
Rodrigo Rey Rosa

© CortesíaForzada


POR ZOLTAN BORVAL

Conocí a Rey Rosa cuando él ya era un ex aspirante a médico, había trasegado occidente y desembarcado al fin en Tánger. Por aquellos años yo frecuentaba a Paul Bowles. Además de mi lengua materna, dominaba el francés, hablaba fluido el inglés, el lusitano, ritmaba el alemán, balbuceaba el griego y garabateaba las letras claudias del latín. Bowles me mandó llamar una tarde. Me recibió con aquel grupo de hojas sin encuadernar y dijo, perdido en su hierofanía, “the best short-story writer since Borges”. Le expliqué que ignoraba casi por completo el español y a los pocos días estábamos los tres desentrañando The Beggar's Knife (El cuchillo del mendigo) a la luz del infaltable kif, dispensado con la prolijidad -quizá misericordiosa- de Bowles. De allí todo fluyó sin parar. Empecé a frecuentar la lengua española y a compartir espacios remotos de la India o el turbulento Báltico con Rodrigo. Años después me confesaría que el grueso de nuestras coincidencias físicas no eran más que deliberados encuentros fortuitos, fabricados por sus maneras poco ortodoxas del ejercicio vital.
Si bien fui asaltado por la imposibilidad de la escritura en castellano, adquirí suficientes destrezas en su ardua lectura y traduje sus cuentos al húngaro y al francés. Nunca le expresé mis labores y preferí citarlo una tarde en el restaurant Drouant de París junto a la entrañable de Lapparent, quien estaba ansiosa por publicar "Le Couteau du mendiant" en la atávica editorial de su familia. Corrieron meses en los cuales la versión francesa circuló por sesenta francos en las librerías parisinas, en aquella cuidada edición única de la que hoy restan poco más de ocho de los quinientos ejemplares del tiraje original y de la que ni él conserva el tomo que me pidió que le firmase como traductor, ni yo el que me fuese dedicado por el autor con una complicidad para mí afortunada.    
La amistad derivó en un completo deslumbramiento que su escritura ejerció en mí. El grueso de su obra: relatos neoyorkinos, narraciones desérticas o selváticas, recuentos precisos y preciosos de la condición humana, secuencias equiparables a la mejor tradición cinematográfica, fueron conduciendo una sólida voz literaria por los más diversos avatares de la creación artística.
El punto de no retorno de esa voz está inscrito, para mi dicha imperecedera, en aquella ocasión que Rodrigo visitó mi casa de Tánger en 1989. Entró con un paquete de tabacos y el manuscrito de “Cárcel de árboles” que depositó en mis manos con cierta timidez propia de su personalidad. Mientras él fumaba, yo aspiraba cada bocanada del relato y me fui contagiando de la afasia inoculada a esos personajes. Fui poco a poco limitándome a una sílaba única para expresar mi mundo. Sentí también como si yo fuese un resultado de aquel experimento clínico y uno más de la legión soñada por la doctora Pelcari, soñada por el doctor Rey Rosa. Me miró a medio camino entre nervioso e intrigado y solo atiné a balbucear una frase del médico de su historia “Enlace de los nervios de recepción del lenguaje y los nervios de recepción del placer”.
 Tras la aparición en castellano de "Cárcel de árboles", dedicada a Paul Bowles, continuaron otros relatos “quirúrgicos”, como le gusta llamarlos al autor, y cuyas incidencias en la psiquis del lector son equivalentes o mayores a las que se lleva a cabo sobre los personajes. La persona que lee a Rey Rosa se ve inmersa en verdaderos laboratorios de experimentación clínica, psicológica, cronológica y existencial en narraciones cuya factura está al alcance de pocos maestros de la lengua y que en títulos como “Ningún lugar sagrado”, “Que me maten si…”, “Lo que soñó Sebastián” o “Negocio para el milenio” tomaron forma de consultorio psicológico, orfanato experimental, centro de investigaciones clandestino, recintos penitenciarios panópticos, y otros que sería indecoroso adelantar, para así darle forma al inenarrable psíquico de la humanidad que habita los linderos de este nuevo milenio.
Que usted, amable lector, se encuentre frente a estas disgregadas palabras es sin duda obra de Paul Bowles. Tiempo antes de fallecer, el gran Bowles me dijo “Jodamos a Rodrigo con una publicación húngara” por lo que esta obra reunida es primero una venganza contra las perfectas traducciones que Rey Rosa hiciera de su maestro norteamericano, después una provocación a los lectores que sabrán perdonarnos las cuentas a pagar en sus psicólogos y un homenaje, ante todo, al mejor cirujano de la literatura en castellano, a quien, por obvias implicaciones del pudor, no le traduciré nunca estas palabras.[1] 






[1] Prólogo de Zoltan Borval a "Fák börtöne", título que reúne la obra literaria de Rodrigo Rey Rosa en húngaro y cuya única edición data del año 2002. Desde entonces ha publicado otros siete títulos y recibido los premios Miguel Ángel Asturias (2004), Siglo XXI (2013) y José Donoso (2015).
La traducción se la debemos, en todo sentido, a Carlota Dalto.
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