Breaking News

El cáncer de la proscripción

Escritor uruguayo Ángel Rama

     Ángel Rama 

 © CortesíaForzada

Por CortesíaForzada

El escritor uruguayo Ángel Rama es uno de los nombres más prominentes de la crítica literaria del occidente contemporáneo. Obras como Rubén Darío y el Modernismo (1970), Transculturación narrativa en América Latina (1982) y La ciudad letrada, publicado de forma póstuma en 1984, son textos imprescindibles a la hora de procurar comprender el fenómeno literario y sus complejas e insoslayables imbricaciones sociales en América Latina. Es en este último y en textos como La riesgosa navegación del escritor exiliado (1980) en los que Rama entreteje la historia intelectual de un continente convulso, cuyos principales exponentes han vivido los azares y contrariedades del exilio y la proscripción política, cuando no los vejámenes de la muerte y las sistemáticas desapariciones forzadas. Ahora bien, esa constante histórica que el uruguayo esclareció y perfiló a los lectores, es una de las facetas poco conocida de la vida misma de Rama y cuyos bemoles se extendieron por un decenio, desde el golpe militar en Uruguay, el 27 de junio de 1973, hasta el fatal accidente aéreo de 1983 que le arrebatase la vida y donde también fenecieron los escritores Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza, la pianista catalana Rosa Sabater y la prolífica escritora y crítica de arte Marta Traba, esposa de Ángel Rama.

El golpe que sumió al Uruguay en una dictadura de 12 años encontró a Ángel Rama fuera del país y lo condenó a un dificultoso exilio que muchas veces es ignorado por el volumen de producción de Rama. Este tránsito en el exilio está documentado en el Diario 1974-1983, publicado en 2001, documento esencial en el que un Rama íntimo aflora, aunque en estadios diferentes, con la misma potencia del lenguaje que guía su obra crítica. Por esas páginas discurren la expatriación en Caracas y la fundación de la Biblioteca Ayacucho, el abatimiento que impone la llegada de los años, su condición de indocumentado por orden del gobierno dictatorial del Uruguay, la proscripción que le impuso el gobierno estadounidense de Ronald Reagan en 1982 y con ella la definitiva condición de incertidumbre vital ante un mundo de visas y deportaciones, la beca Guggenheim y el período parisino, las más lúcidas opiniones políticas, las claras defenestraciones y lealtades personales con grandes figuras del mundo intelectual y los detalles mínimos pero fundantes del arduo e inagotable trabajo intelectual de Rama.

Dentro de toda la profusión que vislumbra el diario de Rama, emergen las páginas dedicadas a la figura tutelar de Marta Traba, la compañera golpeada también por la realidad política del continente y cuya vida familiar revela el aspecto más insondable e íntimo de Ángel Rama. En 1980 le descubren en Bogotá un cáncer a Marta Traba que encuentra a un desconsolado Rama en Estados Unidos. Reproducimos una entrada de ese marzo de 1980 que acaso sea la más sobrecogedora y agónica manifestación vital escrita por Rama y el testimonio mayor de un escabroso paso por la tierra, cuyo diario debiera ser lectura obligatoria para todo aquel que pretenda darle la justa dimensión a una vida y obra monumental en la historia de América Latina y occidente.


Artista y crítica Marta Traba
Marta Traba

© CortesíaForzada




Jueves 27 de marzo de 1980

Otra vez el tiempo vacío de los aeropuertos. Son las dos de la mañana; espero el avión de Avianca que a las cuatro sale para Bogotá. Llegaré cuando Marta ya esté en el quirófano, no podré verla y hablarle antes. ¿Qué decir? El horror todo, imprevisto, que ayer noche me comunicó Gustavito (Zalamea Traba): es un cáncer y el médico aconsejó operar y extraer glándulas lo que Marta habría también aceptado. El puro horror. Anoche solo en la casa, sentado en la escalera, en la media luz que viene de la calle, en la sala solo, llegué a no poder más; me tomé todo el whisky que quedaba y traté de dormir, de no sentir nada.  Pero cuando hoy Golo (Pico) me dijo por teléfono que la abrazara en su nombre no pude contenerme y lloré con sollozos secos y desesperados mientras procuraba afeitarme. Nada sé de la gravedad, creo que ni siquiera el médico; no me impresiona que la puedan operar de un seno; es lo que ella siente lo que me destruye y no estar al lado suyo.
Hoy conseguí visado y este viaje absurdo. No entiendo la premura en operar, que me tiene postrado, la carnicería sobre una criatura que amó y fue tan feliz con su cuerpo. ¿Por qué a ella? Me digo estúpidamente, pensando que yo estoy más hecho espiritualmente a las mutilaciones. ¿Cómo vivirá así? Pienso, como agarrado a la esperanza, que tendrá curación o muy largos años con cuidados. Es un hundimiento: todo estaba hecho para otra cosa, para que yo fuera primero, y siempre la pensé viejecita, como su madre, con sus hijos y nietos aleteando alrededor de ella. Ganas de llevármela, de estar los dos solos, muy juntos, como si esto no hubiera pasado, no fuera a pasar dentro de unas horas.
Escribir no me sirve de nada, y estar al borde de la borrachera tampoco. Sólo dormir, que se borre por un momento este horror, con ese despertar ambiguo la noche pasada en que por un momento no había pasado y cuando volvía la verdad pedía dormirme de nuevo.
Estoy en el aeropuerto de Miami con gente durmiendo sobre las alfombras y los negocios vendiendo como si fuera pleno día. Faltan dos horas. Ella debe estar durmiendo, dopada, y debe haber pensando tanto en mí, debe haberme reclamado tanto. No pude hablar con Gustavo hoy, quería pedirle que postergaran la operación, que se pensara mejor todo. Pero nada sé de estas cosas. Corita me llamó de Nueva York, que por favor supiera que ya no es una enfermedad sin esperanza, que hay muchos modos de combatirla. Golo y Leonor se empeñaron en venir a llevarme al aeropuerto, desconsolados como dos hijos nuestros. Pienso en Gustavo, en Fernandito dios mío, en Amparo y en Claudio también, todos los que la conocen cerca y la quieren tanto. No me atreví a avisarles hasta no saber en Bogotá cómo es todo. Pienso en Gustavito que ha llevado esto, en el tono seco y contenido con que me habló y el desamparo y la desesperación en que también debe estar. Deben estar esperándome; soy el grande de la familia. ¡El grande! El más perdido: sólo sirvo para las circunstancias en que hay soluciones posibles, porque sé tomarlas y llevarlas adelante. Pero qué hacer aquí; lo de siempre, lo de la doctrina en la parroquia de la infancia: confiar en la Divina Providencia, pero ya esa confianza está definitivamente perdida. Y entonces no hay nada, nada.
Es ella, ella, ni siquiera nosotros, es ella, tan maravillosa criatura, pero tan corroída por los pánicos, tan derrumbada en precipicios, tan cargada de la más dulce ternura que yo nunca haya conocido, es ella el asunto, es ella lo que me duele.Vivirá, sí, conseguiremos restaurar nuestra vida, con amor, con paciencia; algo puedo ayudarla en todo eso. Pero tiene que vivir, tiene que querer vivir, sin ser destruida por las sevicias y disminuciones de la enfermedad. ¡A quién invocar, con verdad y creencia! No sé, me siento tan humilde, tan sin respuestas, tan puesto en punto cero, tan al margen de lo que ocurre donde solo puedo poner ternura, este amor que ella cultivó y desarrolló en mí, porque fue su obra, y la hizo pacientemente, hasta este momento en que no puedo imaginar un minuto de mi vida sin ella, para ella, por ella. ¡Dios!
Son las dos y media; todavía queda una hora larga. ¿Qué hacer, que no sea fumar o escribir? No puedo leer, compré en el kiosco el número último del Times; traía una “cover story” sobre la nueva droga contra el cáncer, interferón, que leí con real padecimiento. Los que duermen siguen en su sueño; dos monjas conversan cerca; un chico juega con su calculadora; se oyen voces en español por todas partes, pero ya estamos en el ambiente mortecino de la madrugada: pasan gentes, la música difusa es tan insípida como las luces abrumadoras. Si dejo de escribir, debo fumar y me da miedo ahora.
He vuelto a fumar y tengo la boca hecha pasto y los pulmones resecos ¿Por qué pasó esto? ¿Porqué pasó también que nos conocimos, en 1966? Tan fascinante que era, tan leve, tan brillante, tan arrojada y tan aparentemente segura de su poder de seducción. Solo yo pude llegar a saber sobre qué pánicos estaba todo construido, qué criatura infantil y aterrada, necesitada de amor, perdida en el mundo, encubría esa imagen fiera, combativa, centelleante, siempre con el traje de fiestas y a punto de inmolarse en la faena. Tantas cosas tremendas vividas y tanto que hicimos, que hizo ella sobre todo, para que llegáramos a amarnos con entrega, con necesidad, con honestidad, con paciencia, en una relación que era, que es, para siempre. Así de sencillo, sin que yo pueda pensar en otra y ella tampoco, lo sé.
Aquella Marta del 69, en Chile, con su mini-mini falda, sus medias violetas, su pelito corto, pintada como una colegiala que hubiera descubierto el maquillaje, impulsiva y desconcertante, pasional. Yo no podía creer lo que me decía, me era absolutamente increíble que me quisiera, como decía, y en nuestro cuarto del Crillon sentía que representábamos una comedia de equívocos. Me sentía halagado, claro está, ¡era tan deslumbrante!, pero desempeñando un papel equivocado; no pensaba que jugaba conmigo, no, simplemente que se posesionaba de un papel y lo representaba con la mayor convicción. Sigo creyendo que algo de eso había, incluso llego a pensar que construimos el amor común, paso a paso, por debajo de nuestras respectivas máscaras, con lo que teníamos de mejor y no mostrábamos públicamente, que el amor lo hicieron los “otros” secretos que estaban en nosotros, seres mucho más simples, auténticos y tímidos, que las máscaras brillantes y provocativas que calzábamos.
De ese tiempo tengo la imagen de diálogos de teatro complicados y gratuitos. ¿Eran solo míos o también de ella? Nada de eso ha quedado y sin embargo todo se ha reforzado, no se ha debilitado. Por debajo de las máscaras estábamos nosotros, y era mejor.
Primer llamado al vuelo. Sensación de desconsuelo, las cosas se ponen en movimiento, pronto llevarán a Marta a la mesa de operaciones. Hoy he estado repitiendo el poemita de Alberti cuando la muerte de Federico: Por el mar Negro un barco/ va a Rumanía/ por caminos sin agua/ va tu agonía/ Verte y no verte/ yo lejos navegando/ y tú por la muerte.[1]
Tan siniestro en la soleada tarde de Washington, mientras esperaba a Saúl en la boca del metro de Foggy Bottom y muerto de hambre y harto de cigarrillos compré tangerinas y bananas de la gorda vendedora frente al hospital e hice mi almuerzo en uno de los bancos de cemento del pequeño paseo frente a la Universidad G. Wasghinton. Radiante día, gente ya sin abrigos, frutas y flores que compraban ¡y yo musitando esos versos!





* Diario 1974-1983, de Ángel Rama. Montevideo/Caracas, Trilce y Fondo editorial La Nave va, 2001.